Argentina: Debate sobre el aborto una lucha ideológica y política

Por Abel Bohoslavsky
En Argentina, el debate sobre la despenalización del aborto cobró nueva dimensión desde que el presidente Mauricio Macri adelantara que incluiría ese tema en el tratamiento parlamentario. La interrupción voluntaria del embarazo sigue siendo delito en Argentina, con solo dos excepciones (riesgo de vida de la madre –así calificada en el texto– y violación de una mujer demente), aunque su concreción práctica encuentra serias dificultades de realizarse. El aborto «clandestino» es masivo en nuestro país. Se estiman entre 486 mil y 520 mil abortos por año (2005), estimación en base a las internaciones de sus complicaciones: 53 mil egresos hospitalarios al año (2010). El aborto es la principal causa de mortalidad materna (1 de cada 5 muertes, 2016). Los movimientos feministas ya hace muchos años han desplegado intensas campañas por «educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto seguro para no morir».
Han tenido eco en las fuerzas políticas de la izquierda organizada, numéricamente minoritarias y con escaso peso parlamentario. A lo largo de los años, seis veces se ha frustrado este debate legislativo por el peso de la Iglesia Católica y por la negativa de los partidos políticos dominantes. La anterior presidenta Cristina Fernández de Kirchner (hoy senadora justicialista) se negó rotundamente a promover la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo a pesar de que algunas/os legisladores de su bancada lo apoyaban. El actual presidente Macri, al tomar la iniciativa de promover el debate, se proclamó abiertamente en contra de la despenalización, aunque dijo dejar el tema a criterios de «conciencia» de su propia bancada. Si el debate queda a merced de la conciencia del Congreso argentino, podría suceder lo mismo que con la aprobación de más de 100 leyes reaccionarias y restauradoras de políticas económicas y laborales que en dos años retrotraen a la Argentina a la época anterior a 1945. Así las cosas, esta cuestión no debe dejarse a que se dirima en el Parlamento, sino en las calles: sindicatos, universidades, colegios, centros barriales, clubes, medios de comunicación. Un proceso de intensa lucha ideológica y política muy difícil. Valga entonces traer a la memoria, otra experiencia frustrada de lograr esta conquista, ocurrida nada menos que en el transcurso de la entonces vigente Revolución Sandinista en Nicaragua, experiencia bastante oculta en el conocimiento incluso de las militancias afines a este objetivo.
La lucha por la legalización del aborto, una batalla inconclusa
Fragmento del capítulo «El Internacionalismo, una experiencia inolvidable», del libro LOS CHEGUEVARISTAS – La Estrella Roja del cordobazo a la Revolución Sandinista, de Abel Bohoslavsky (Imago Mundi, Bs. As. 2016)
En una de las experiencias más apasionantes que me tocó vivir, se me cruzaron las dos actividades que realizaba, la de médico y la de periodista. El Ministerio de Salud había instaurado una modalidad de incentivo científico, realizando jornadas anuales donde se presentaban trabajos de investigación. En 1985 me decidí a asistir a una de las tantas mesas que se hizo en el Hospital de la Mujer Bertha Calderón, atraído por el título que era «El aborto». El trabajo lo presentaban una médica gineco-obstetra y el administrador del hospital. La exposición fue muy pormenorizada. Detallaba la cantidad de mujeres atendidas que llegaban al hospital luego de haberse realizado maniobras abortivas fuera de la red hospitalaria y de atención primaria, ya sea practicadas por obstetras, comadronas o directamente auto-realizadas. Se describían los cuadros con sus complicaciones, graves o menores, los tratamientos instituidos, el período de internación, las secuelas y también los casos de fallecimiento. Si el panorama humano era trágico, no menos sorprendente fue una conclusión económica: los costos de esas internaciones con sus tratamientos… ¡superaban a todo el presupuesto de la Regional Managua del Ministerio de Salud!
Mientras escuchaba la exposición, iba tomando notas. Menos mal, porque cuando concluyó y me acerqué a pedirle a la médica una copia de su ponencia, no tenía ninguna. Tampoco disponíamos de fotocopiadoras para hacerle copias al trabajo.
Salí disparando hacia el diario Barricada y sin más trámite, me puse a redactar una nota, resumiendo la ponencia, como para dar información periodística de un trabajo de investigación que ya era de carácter público, al ser presentado en las Jornadas. Debo aclarar que mi función en el diario no estaba vinculada a los temas locales o nacionales, ni siquiera de Salud Pública. Me dedicaba a información internacional o a temas relacionados con el curso de la guerra de agresión que ocurrían fuera de las fronteras, principalmente acerca de los Estados Unidos, que era la potencia agresora. También a veces, escribía en la sección de opinión.
Redacté esa nota sin consultar y se la presenté al subdirector que estaba en ese momento en la redacción. Al rato me llamó y antes de hacerme muchas preguntas (que después me hizo), me dijo: «Preparame ya una nota corta para primera» (página). Entonces, sorprendido, hice un resumen de más o menos una carilla. Y así salieron las notas al día siguiente: una en la tapa con un título destacado y otra extensa en alguna página interior.
Al día siguiente, estaba en mi trabajo en el MINSA y me llaman de Barricada que vaya urgente, que debía dejar todo. No era fácil para mí hacer eso, porque además creaba molestias en mi ámbito de trabajo, pero… «es una orden». Al llegar al diario, me esperaban el director y el vice y me dicen: «Pusiste el dedo en la llaga… y saltó el pus».
Me contaron que se habían recibido muchísimos llamados, del Ministerio de Salud, de otros lugares del gobierno, del partido (FSLN), de la Asociación de Mujeres y qué sé yo de cuántos más. Me indicaron que debía darle continuidad inmediata a esa información, haciendo más notas, entrevistas, investigaciones, etcétera. Y me anticiparon que el quilombo (en Nicaragua no se usa esa palabra rioplatense) ya era y sería grande.
Yo estaba muy sorprendido y al principio no sabía para dónde disparar. Llamé inmediatamente a un médico a quien conocía poco y que dirigía una clínica (no dependía del MINSA, tampoco era una «privada») que había montado el FSLN para atención de sus miembros. Le pregunté si había leído las notas. La respuesta fue un sí. Entonces le dije que debía hacerle una entrevista para el diario sobre el tema… y me dijo que no. Cuando supo que era (casi) una «orden», no tuvo más remedio. Charlamos un buen rato e hice un resumen que se publicó al día siguiente. En síntesis, el entrevistado dijo que era conciente del problema y que había que buscarle una solución, sin mayores definiciones. A esta altura debo aclarar que en Nicaragua el aborto no era legal, ni su práctica integraba el Plan Materno-Infantil, pero la legislación pre-existente a la Revolución, era más liberal, menos punitiva, que en la mayoría de nuestros países de América Latina. A las mujeres víctimas de maniobras abortivas se las atendía sin problemas ni persecución penal, pero no había ningún plan al respecto.
Después de esa segunda nota, tuve que darle continuidad al tema, haciendo cada día una nota o una entrevista. La cantidad de personas que llamaban o se acercaban directamente al diario para que se divulgue su opinión, era impresionante. La mayoría eran mujeres y dentro de esa mayoría, las más eran militantes del FSLN o activistas organizadas en la Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza (AMNLAE) de clara pertenencia sandinista. También de sindicatos y de grupos profesionales médicos y de enfermería. Y hasta sacerdotes…
Todos los días, el diario sandinista tenía una nota sobre el tema. Las opiniones eran encontradas. Estaban quiénes criticaban severamente la persistencia del drama del aborto y sus secuelas y reclamaban una rápida legislación que facilitase su realización como práctica médica y que la realizara el Ministerio de Salud; y los que se oponían rotundamente con la clásica argumentación religiosa cristiana.
La catarata de quienes querían dar su opinión y casi exigían se publicase, me motivó a realizar en el diario una propuesta: organizar mesas redondas, convocando a médicos, abogados, curas, organizaciones de masas, etcétera. Y así se hizo. Barricada se convirtió en sede de esas mesas redondas. Me tocaba coordinarlas y después hacía un resumen que se publicaba al día siguiente en dos páginas del diario. Las discusiones eran fervientes, los encontronazos fuertes, las fundamentaciones apasionadas. ¡Y todo se publicaba!
Llegaban cartas. Muchas cartas. Me impactó una, redactada en una hoja de cuaderno que llegó desde uno de los frentes de guerra en la zona norte, escrita por una combatiente de un Batallón de Lucha Irregular, una fuerza organizada para guerrear contra los contras. Esa joven sandinista se sumaba en el reclamo de legalización y atención médica del aborto.
En dos o tres semanas, el tema era objeto de debate nacional… ¡en medio de la guerra! Se organizaban debates en distintas organizaciones de masas. En mi lugar de trabajo en el MINSA se discutía con igual acaloramiento y tenía mis adherentes y mis críticos. El tema convertido en asunto político, repercutió rápidamente. La jerarquía de la Iglesia Católica empezó a emitir «pronunciamientos» (por supuesto contra la legalización del aborto) y a «agitar» por sus medios habituales, como lo hacía contra todas las políticas revolucionarias.
En uno de los debates, recuerdo al cura Sánchez, un salvadoreño farabundista que vivía en Nicaragua, que demolió con argumentos históricos del cristianismo, la propaganda habitual de las jerarquías católicas. Explicó con conocimiento, cómo en los primeros seis siglos de existencia del cristianismo, el aborto no era condenado por la Iglesia de aquel entonces. Los compañeros de la dirección de Barricada me comentaban de las presiones que empezaron a recibir. El diario dependía directamente de la Dirección Nacional del FSLN. Y me informaron que se discutía a ese nivel, si bien eso no era público.
En un momento, el director de Barricada me dijo: «Si en Italia le ganaron esta discusión al Papa, ¡cómo no la vamos a ganar acá! Sigamos adelante». Por lo que recuerdo, la absoluta mayoría del colectivo de Barricada de aquel entonces, acompañaba la campaña que, por el momento, no era nada más que divulgar e incentivar el debate sobre el tema, sin tomar partido en el punto concreto de la legalización. Pero lo que a la reacción le resultaba intolerable era el debate en sí mismo. Y cuando acá digo «la reacción» debo distinguir que las ideas en este tema, estaban muy entremezcladas.
No eran pocos los sandinistas que estaban decididamente en contra de la legalización del aborto. Recuerdo un debate entre un médico sandinista abiertamente opuesto y un médico perteneciente al Partido Liberal Independiente (aliado al principio del FSLN, pero por ese entonces ya estaba totalmente en oposición a la Revolución), que fundamentaba la imperiosa necesidad de legalizar el aborto. Y en esos mismos debates, la mayoría, aunque no todas, de las mujeres sandinistas que estando a favor, repudiaban a muchos de los varones también sandinistas, que se oponían fervientemente. Mis sorpresas eran muchas. Nunca había imaginado que aquella información que me parecía importante y que redacté a toda velocidad, hubiese provocado semejante revuelo.
Estábamos asistiendo a una verdadera lucha ideológica, esta sí de masas, donde un tema como el aborto trazaba una división inesperada en las propias filas revolucionarias. Parece exagerado, pero es mi visión, ya que el tema es una de las cuestiones sociales más importantes a resolver. Y habría más. Un día, una compañera administrativa en el MINSA, Rosita, veterana militante de una de las comunidades cristianas de base y ferviente sandinista, me llamó a un aparte y «casi en secreto», me contó que una joven vecina del barrio, combatiente del Ejército Popular Sandinista (EPS), quería hablar conmigo para que diese charlas sobre el tema. Me dijo que sin comentar con nadie, acudiese a una cita con ella… ¡en la base del Estado Mayor del EPS! Y cuando fui, me recibió ella junto al jefe del Batallón de Comunicaciones, un muchacho que creo no tendría más de 22 o 23 años. El compa me planteó la necesidad de hacer charlas de educación sexual y reproductiva a todo su Batallón, porque eran todos jóvenes, la mitad mujeres y permanentemente, la mayoría de las mujeres quedaban embarazadas y en plena guerra, él tenía muchos problemas en poner en Disposición Combativa1 a toda su tropa. Su preocupación partía de ahí. Acordamos hacer esas charlas, pero la exigencia era que fuese en secreto. Yo podía ir, pero sin dar ninguna información «a nadie». Como yo no estaba en condiciones profesionales de encarar con la mayor rigurosidad el tema, le dije que iba a necesitar de por lo menos otras dos personas de mi confianza, que lo harían manteniendo el secreto. Pedí esa ayuda, a una compañera argentina, médica ginecóloga, antigua militante del PRT en Córdoba, y al compañero cubano que era asesor nuestro en el MINSA, que además de sanitarista había sido obstetra.
Parece increíble este relato, pero fue así. Durante dos o tres semanas, acudimos varias veces los tres, a un aula/salón que estaba en la base del Estado Mayor del EPS a dar esos talleres, frente un contingente de que variaba entre 100 y 120 combatientes del Batallón de Comunicaciones. Yo no sé cómo ellos mantenían «el secreto» o con qué excusa habían montado ese taller de educación sexual ante sus propias jefaturas. El asunto es que se hizo. De las tantas anécdotas que podría relatar, recuerdo esta. Una de las calurosas tardes, surgió –era inevitable– el tema del aborto y los artículos que salían en Barricada y que por lo visto, todos habían leído. Se armó lógicamente el debate. La compañera tocó el tema con mucha delicadeza y precisión. Se hizo alusión a los abortos caseros y sus consecuencias. Un compa se levanta y dice: «Doctora, por qué ahora que tenemos el poder no agarramos y hacemos cagar a todos esos aborteros y se acaba el problema». Imagínense la que se armó.
El tema siguió en las páginas de Barricada y yo era objeto de muchas cargadas. Un día, me llaman el director y el vice y me dicen: «¿Por qué no te tomás unas vacaciones y te vas a pasear a Cuba?». Ya me la ví venir. «La DN (Dirección Nacional del FSLN) nos dijo que paremos». Este parate fue motivo de muchas charlas y debates, mantenidos bastante tiempo, de manera informal. Aquel desafío que el CeFeChe había planteado («si en Italia le ganaron esta batalla al Papa cómo no se la vamos a ganar nosotros aquí») concluía con una derrota ideológica y social para quienes la Revolución significaba una genuina liberación humana, además de conquistas materiales indispensables.
Esto no parecía ser vivido y sentido así por quienes creían que era una forma de mantener «equilibrio» frente al poderosísimo poder ideológico de la Iglesia Católica, poder en el terreno de tener atrapadas las conciencias. La situación del país ya era difícil a causa de la guerra y las dificultades económicas derivadas de eso. La jerarquía católica envalentonada por el respaldo fuerte que recibió del Papa Karol Wojtyla, Juan Pablo II, se anotaba un triunfo que no se mostraba como tal, porque en el terreno militar la contrarrevolución armada no lograba victorias bélicas. Este Papa nombró como cardenal al arzobispo de Managua y jefe de la Iglesia nicaragüense, Miguel Obando y Bravo, el líder «espiritual» de la contrarrevolución. El sistema de salud que había logrado importantes avances, encontraba un escollo insalvable y aquí no por carencias materiales, sino por una razón política e ideológica.
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Notas:
1# Término que usa el Ejército para poner a sus fuerzas en estado de máxima emergencia, anterior a la total, cuando van al combate.

 

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