O legado de Fernando Martinez Heredia

A dois dias da partida de François Houtart, chega a noticia da morte de Fernando Martínez Heredia.  Fernando é um dos mais fecundos pensadores cubanos. Em tempos de definições e debates sobre caminho cubano a socialismo dirigiu a Revista Pensamiento Propio, fazendo  com seu colectivo  uma grande contribuição para que Revolução Cubana assuma um perfil coerente com suas peculiaridades, com as necessidades da sociedade Cubana.

Com grande perspicácia para enxergar o fundo dos desafios e das coisas, Fernando é um pensador  que assume os grandes problemas estratégicos com os que se defrontam os que  fazem caminho ao andar.

Fernando é um mestre do pensamento critico cubano-latino-americano, o estudo de sua obra resulta indispensável para entender por dentro e a fundo, as tarefas chaves da construção de uma sociedade socialista.

A seguir uma matéria que o exprime com fidelidade, apresentando também a figura do Ché, de forma convergente com os Irredentos Cheguevaristas de Argentina.

CONTRA LA CULTURA DE LA RESIGNACIÓN

 

Por Fernando Martínez Heredia

El viejo problema de la entidad y de los límites del mejoramiento humano encuentra hoy sobre todo respuestas negativas o pesimistas. Nos hemos formado, nuestros antepasados y nosotros, en los siglos del “progreso”, esa ideología burguesa de la civilización, de que todo iba a ir hacia adelante. La hemos asumido ingenuamente, porque parecía favorecernos a los socialistas, como una reducción más de las capacidades de desarrollar el marxismo en el siglo XX. En cuanto a los fundamentos de la acción social nos permitía avanzar junto a los burgueses –en realidad bajo su dominio– hasta que nos llegara nuestro turno histórico-natural; en cuanto a los fundamentos teóricos nos ponía al abrigo de la “Ciencia” –en realidad bajo el evolucionismo y el positivismo– para “demostrar” que todo progresa: de lo simple a lo complejo, de lo atrasado a lo avanzado, etc. Y naturalmente, todo eso haría de las personas mucho mejores personas, de las sociedades mucho mejores sociedades. Hace unas décadas hasta pareció que esa ideología podía gozar de aceptación general, cuando se declaró que las sociedades más avanzadas iban a ayudar a las menos avanzadas a desarrollarse. Desde hace algunos años toda esa ideología ha caído en un gran descrédito.

Esa es la situación de la que partimos. Por eso podemos parecer, los que nos reunimos –aunque por cierto cada año somos más que el anterior–, una pequeña minoría que –como se suelen permitir tantas cosas– se permite creer en las utopías, creer en el progreso. Yo quisiera distinguir a una cosa de la otra. Opino que si perseguimos la utopía, preferimos por tanto la vía revolucionaria, y no la evolutiva; y que eso cambia las condiciones y aumenta las posibilidades de conseguir objetivos ambiciosos en cuanto al mejoramiento de las personas y los cambios de las sociedades. Es el primer problema que planteo. Hay muchos escollos ante esa vía revolucionaria. El primero es el poder inmenso que tiene la dominación capitalista en las sociedades actuales, la cultura de la dominación. El segundo es el de las insuficiencias profundas que tienen y han tenido los intentos, las ideas, las visiones opuestas a la dominación. Los movimientos se vuelven organizaciones, los ideales y los proyectos se vuelven organizaciones y poder, la libertad se vuelve orden y plan, las ideas tienen que convertirse en actuaciones. Entre esos pares que enumero hay tensiones, y hasta contradicciones. Cómo forjar eficaces instrumentos para la liberación que sean siempre eso, instrumentos al servicio de los cambios liberadores y de las personas que luchan por la liberación.

Pese a todas las insuficiencias, retrocesos y derrotas, los movimientos, las ideas y sentimientos de rebeldía han llenado la historia humana con experiencias, identidades, tradiciones, representaciones y proyectos que constituyen una acumulación cultural que es potencialmente muy favorable a los esfuerzos presentes y futuros. Por eso tenemos que insistir una y otra vez en no dejarnos arrebatar la memoria histórica de las rebeldías. Precisamente por ser tan valiosa es que intentan que la olvidemos, tratan de trivializarla o manipularla. Una obra artística reciente propone: “qué bueno era el muchacho fascista, y qué bueno era el muchacho guerrillero antifascista: qué buenos eran los dos”.

Los esfuerzos en favor del mejoramiento humano están siempre relacionados con la necesidad de cambios en las sociedades, en sus relaciones e instituciones fundamentales. Cada vez que se ha absolutizado el aspecto del mejoramiento humano respecto a la lucha por cambios sociales profundos, se han producido derrotas o adecuaciones a la dominación. Cada vez que se ha absolutizado el aspecto de tener poderes de grupos en nombre del cambio social, se ha terminado reproduciendo la continuidad de los sistemas de dominación, en nombre de los objetivos de liberación. Y han sobrevenido grandes derrotas. En ambos casos, sin embargo, las derrotas han sido relativas, por la contribución de los grandes esfuerzos de liberación humana a aquella acumulación cultural a la que me refería antes. Me parece que lo único acertado, entonces, es combinar bien ambas dimensiones: las transformwaciones de los individuos, de la gente y las transformaciones de las sociedades.

Aunque a escala mundial predomina el capitalismo, sus propios procesos y las iniciativas y luchas de millones ya han producido cambios en las personas que las hacen más capaces de avanzar hacia la liberación y de representársela mejor. Por ejemplo, el lugar de las mujeres en las sociedades, y las relaciones de géneros, registran cambios muy notables; pero además el deber ser que se acepta en este campo es extraordinario respecto a lo conseguido y eso es muy importante. Los deseos y los proyectos de realizar ese deber ser encuentran obstáculos en el orden existente.

En segundo lugar, como resultado de tantas luchas y de las reformulaciones de los poderes existentes ha habido cambios en las relaciones y en las instituciones sociales, avances de la organización social que han tenido que reconocerse. Por ejemplo, ya es general entender que el régimen democrático con ejercicio pleno de los derechos humanos y ciudadanos es el único legítimo y deseable. Aunque su realización práctica sea profundamente limitada e incluso burlada en la mayoría de las sociedades. Ya no se puede, por ejemplo, implantar las formas más feroces de represión institucional en nombre de la seguridad nacional. Cualquiera puede apreciar que el orden existente pone obstáculos a la realización de la democracia.

Existe una inmensa acumulación cultural constituida por las autoidentificaciones, los caminos recorridos, las pruebas, las luchas, los radicalismos, las revoluciones, las negociaciones, las derrotas, las adecuaciones y retornos progresivos a las maneras de vivir y de gobernar de los dominantes, que sin embargo nunca pueden mandar como antes. Se trata de una masa de experiencias, sentimientos e ideas que dejan huellas profundas en los individuos y los grupos humanos, y que pueden contribuir decisivamente a la formación de nuevas expectativas que se compartan por grandes núcleos de personas. Las esperanzas, los deseos y los proyectos son mucho más fuertes si ya se han formulado antes, si ya han existido.

El capitalismo actual es el rector de lo que muchos llaman globalización. No voy a opinar aquí sobre las palabras, aunque estimo que la discusión acerca del lenguaje –y el combate en el terreno del lenguaje– deben ser considerados básicos para el conocimiento social si este va a ayudar a encontrar caminos para vencer al sistema vigente. La universalización de los procesos sociales se ha profundizado y acelerado en las últimas décadas, y se ha vuelto tangible por todas partes en la actualidad. Lo determinante en esa tendencia, repito, es el control que ejerce sobre ella el capitalismo. Este conjuga la existencia de una brecha honda y creciente entre los países centrales y la mayoría miserable, depredada, explotada y sin oportunidades del planeta, por una parte, con la presencia, prácticamente en todos los países, de cierto número de procesos, relaciones e instituciones que son típicos del capitalismo desarrollado.

La homogeneización de las conductas, de los consumos deseados y de los valores, es inducida a escala mundial por el capitalismo centralizado. Es esencial para su dominación que los individuos que están activos en el llamado Tercer Mundo persigan los ideales que en abstracto les formula el llamado Primer Mundo. Y que cada modernización equivalga, en la realidad, a mayor sujeción.

El capitalismo actual parece triunfante, pero ya carece de razones para mostrarse triunfalista. Ha logrado instituir individuos histórico-universales –aquella primera premisa de la revolución proletaria mundial que exponía Marx en 1846–, y ha tenido éxito en universalizar sus instituciones. Pero más que realizar su proclamado ideal individualista –la oposición libre y egoísta de todos contra todos–, lo que ha hecho es excluir a una gran parte de la gente en todo el mundo de la vida que se considera indispensable. El proceso profundamente perverso por el cual la libertad prometida fue convertida en liberalismo, ha llevado en la actualidad a las mayorías a la indefensión social y la impotencia política, y a formas extremas de miseria material y espiritual. La idea profundamente errónea de que el hombre estaba destinado a la conquista de la naturaleza no ha podido ser rectificada ni siquiera hoy, cuando es obvio que el planeta mismo está en peligro. Y eso se debe a que la ganancia capitalista es el motor principal e incontrastado del sistema. El capitalismo está enredado en el desarrollo de su propia naturaleza. Esa contradicción insoluble corroe cada vez más sus capacidades, antes maravillosas, de renovar sus instituciones y sus propuestas.

La antigua y cautivadora propuesta está ahora reducida a una cultura del miedo, la indiferencia, la resignación y la fragmentación. El temor ocupa un espacio importante en la cultura del capitalismo. El miedo a que no sea posible preservar el precario empleo que se tiene, el miedo a que vuelva una dictadura, el miedo a no poseer una tarjeta de crédito y un guardia armado, o una vivienda, un trabajo, un espacio y una oportunidad para sobrevivir. Quiere reinar la cultura de la indiferencia de unos frente a otros, y asumir la forma coloquial de un sálvese quien pueda. La idea misma de solidaridad parece implanteable. En amplios sectores de poblaciones “civilizadas” la ancianidad no encuentra otra protección que la muerte, como sucede en algunos de los grupos humanos de vida más precaria del planeta y en ciertas especies animales; y a diferencia de estos, lo mismo se propone a la infancia mediante la esterilización. La cultura de la resignación sustituye a la imposibilidad de legitimar tantas iniquidades mediante las antiguas creencias en la desigualdad “natural” o el racismo, a estas alturas de la historia humana. La resignación desalienta no solo a las rebeldías sino a proponer los más moderados reclamos sociales y políticos. La cultura de la fragmentación amenaza controlar las formas en que se socializan y se admiten las diversidades humanas, para que ellas no constituyan un enriquecimiento social, sino un debilitamiento de los oprimidos.

La promesa socialista no ha podido ser cumplida en el mundo, pero el capitalismo de hoy ya ni siquiera hace promesas. Se está llevando a cabo una gigantesca y sistemática guerra cultural a escala mundial, para imponer los consensos del miedo, la indiferencia, la resignación y la fragmentación. Y no es para menos, porque los niveles generales de conciencia, de conocimientos o de lucidez que se han alcanzado permiten advertir que está en curso una degradación de los seres humanos, de las sociedades y del medio.

Tenemos que ser capaces de ver las señales, los signos de crisis. El capitalismo está todavía en posiciones muy favorables respecto a la formación de movimientos de rebeldía contra él. Conserva una extraordinaria capacidad de absorber o disgregar las oposiciones. Para cambiar esa situación la actividad humana de resistencia y de rebeldía tiene ante sí el reto de volverse capaz.

Hay dos posiciones, dos respuestas, que parecen de oposición al sistema. Insisto en su carácter perjudicial y en su ineficacia. Una de ellas es el posibilismo, la adecuación relativa, la sujeción rigurosa a las reglas del juego de la dominación y hasta tornarse el paladín de ellas, la reducción al mínimo de las diferencias con el orden vigente y sus consecuencias. Esta rendición puede ser embozada de varias maneras, como son la oposición declarativa a alguna de las formas que asume el capitalismo, o erigirse en conciencia moral del sistema. El colaboracionismo de fin de siglo propone “novedades” como la formación de una alianza de centroizquierda en la que tanto el centro como la izquierda dejen de ser lo que se supone que han sido y se parezcan cada vez más uno al otro.

La otra posición consiste en mantenerse dentro del dogma, la secta y la añoranza del pasado. Permanecer dentro de una casa –o una cueva–, no salir a la intemperie; ellos parecen creer: no importa que seamos pocos y que nadie nos haga caso, pero así no corremos el peligro de perder nuestra (supuesta) virginidad. Lo peor es que su soberbia “materialista” o “proletaria” no se alberga solo en clérigos trasnochados o interesados; ella afecta también a buen número de compañeros esforzados que quieren rechazar activamente al capitalismo. Esta posición es muy confusionista, porque parece ser la de oposición verdadera y radical; con ello, además de ineficaz resulta favorable a la hegemonía de la burguesía, que exhibe así un “enemigo” tolerado e inocuo. En realidad ambas posiciones, pese a tener contenidos tan opuestos, son funcionales a la dominación capitalista.

Entiendo entonces que es imprescindible elaborar y discutir otras posiciones y vías de acción, elaborar y discutir otros proyectos, y que ellos están obligados a partir del análisis más lúcido y honesto, incluso despiadado y negado a falsas ilusiones, de lo existente, y están obligados a partir de una posición de principios radicalmente anticapitalista. Para esa tarea el Che Guevara puede resultar sumamente importante, mucho más de lo que es como imagen, y tanto como lo es como ejemplo. Me parece que el Che ejemplo de revolucionario es fundamental, y lo seguirá siendo durante mucho tiempo. (…)

Expreso telegráficamente los rasgos del Che que considero que hoy pueden constituir aportes para la utopía de una sociedad de hombres y mujeres nuevos.

  1. El Che rompe el consenso con el orden vigente. El Che es igual a rebeldía. En las condiciones actuales identifica la no rendición, la constancia, la intransigencia. Forma parte de una memoria histórica de lo que pueden lograr los seres humanos a través de la lucha, y potencia el significado de esa memoria.

  1. El Che restablece la continuidad de la propuesta anticapitalista socialista, una corriente específica de rebeldía y de ideas que tiene una historia desde el siglo XIX hasta hoy, de la cual ninguna persona honesta puede separar al Che. El socialismo revolucionario cuenta con una maravillosa tradición de luchadores y pensadores, de héroes y mártires, de experiencias, ideas y proyectos; es la corriente que ha llegado más lejos en realizaciones prácticas anticapitalistas y ha sido el horizonte más revolucionario para las luchas de liberación del mundo que ha sido víctima de la mundialización capitalista. Contra ella se han puesto en juego todas las capacidades del sistema: criminalidad, competitividad económica, medios políticos, ideológicos, culturales. El Che rebelde que recibe reconocimiento hoy es un combatiente y un PENSADOR que vivió y murió por las revoluciones socialistas de liberación nacional y por el proyecto comunista de vida y de sociedad.

  1. El Che no es identificable con el pasado del socialismo sino con su futuro. Los esfuerzos y los proyectos maravillosos del socialismo fueron desnaturalizados o abandonados muchas veces a lo largo del siglo, aplastados o recortados por los mismos que decían defenderlos. La idea misma de socialismo fue golpeada y desprestigiada a fondo en la última década. El Che fue un hereje por su pensamiento y por sus actos –como lo fue la revolución cubana– en el mundo de los años 60, a la vez que eran los ortodoxos de la revolución y del marxismo bien entendidos. Ese hecho pone al Che en condiciones muy favorables de servir bien a la tarea urgente de recuperar la herencia de luchas y sobre todo de recrear y crear el proyecto de cambio más ambicioso.

  1. El Che nos propone hoy valores más que cualquier otra cosa. Ética, entusiasmo, mística, consecuencia, correspondencia entre los dichos y los hechos, son sus reclamos. Dadas las necesidades fundamentales actuales, y dada la debilidad organizativa que tienen hoy los anticapitalistas, esa propuesta puede ser la más idónea para avanzar.

  1. En su pensamiento y en su actividad, el Che desarrolla mucho las relaciones entre la actuación y la vida cotidianas, por un lado, y los objetivos finales que se tienen. Es el hombre de los “cómo”, y no solamente de las grandes palabras. El hombre que enlaza las grandes frases con las tareas más concretas, y relaciona las mediaciones de las tareas revolucionarias con los principios generales que deben regirlas.

  1. El Che es un PENSADOR MARXISTA de la PRAXIS, opuesto al determinismo. Ayuda a fundamentar teóricamente la oposición a las formas teorizadas de adecuación al sistema dominante y a la resignación como actitud. Ayuda a oponerse a la espera de lo que en otras épocas se llamaban “condiciones objetivas”. Ayuda a fundamentar los papeles de la convicción y de la actuación, a la vez que ayuda a que la necesidad de teoría sea viable y eficaz para el movimiento revolucionario.

Para terminar, insisto en que las próximas propuestas de liberación humana tendrán que ser muy superiores a todas las que han existido hasta hoy. Y no por exceso de radicalismo, sino simplemente por elemental necesidad. El aporte del Che a esa empresa grandiosa y ardua puede ser decisivo.

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